Su enseñanza no consistía en transmitir dogmas, sino en invitar a cada uno a tener el coraje de ser sí mismo, a buscar en lo más hondo las razones de la propia existencia y de la propia investigación. Nunca evaluaba por cercanía a sus posiciones, sino por autenticidad: lo esencial era no desplazar las preguntas centrales hacia lo superfluo, para no perderse en el camino. Este libro, fruto de una larga amistad y de un diálogo sin vencedores ni vencidos, recoge el corazón de su pensamiento: la inseparable unión entre vida y reflexión, la convicción de que las ideas no deben alejarse nunca de la existencia. Cassano creía en una investigación apasionada, verdadera, que nace de lo que se siente como irrenunciable y por lo que se está dispuesto a pagar un precio. Por eso su obra conserva hoy toda su fuerza y sigue siendo una invitación, sobre todo para los más jóvenes, a pensar de otro modo y a vivir con coherencia intelectual.