En la obra de Makarovic, todas las instituciones sociales como la patria, la familia, el Estado, el matrimonio, la maternidad, la condición de hijo o hermano, la identidad de género e incluso el nombre propio y el pronombre "yo" son máscaras que se crean para ocultar la verdad básica que determina la existencia de tods los seres: su condición finita. Por eso, la escritora rechaza todas las formas de intersección social que pretenden negar u ocultar la verdad profunda que implica la experiencia de estar vivo. Sin embargo, existe un aspecto positivo de esta realidad que la obra de Makarovic destaca: al aceptar que la vida es muerte, el sujeto toma consciencia de que forma parte del sistema que excede la sociedad humana, se integra a la totalidad de la naturaleza, se borran las diferencias de género y especie, y se observa la cadena de la existencia como una continuidad que se proyecta más allá de la individualidad en tiempo y espacio como el fenómeno inmortal de la vida.