Ver sin decir, decir sin tocar. En la más profunda de las noches pedir la luz del pasillo prendida para mi hermano y para mí. Él, con su guerra de gestos de haber nacido en el campo hubiera matado pájaros. Yo, mirando desde la cama alta las líneas de sombra que dibujaban en el techo los autos. Y un sonido suave y sutil no de portazo en la noche. Un sonido suave: de bailarina en su cajita y su danza sola. Mi padre yéndose la bailarina gira sobre su propio eje. Yéndose, como los caballos del zoológico con anteojeras para ver sólo sus propios pasos.