Serena está la noche y una piensa quién diría
con lo mal que anda el mundo y con la pena de que engorden su panza cada día la tristeza y la muerte
mientras sube liviano el aire del otoño y se empieza a curvar la madrugada con Venus sobre el borde de los techos.
Serena está la noche y no parece, mirando a la trompeta trepadora, y el rastro ardiente del clarín de guerra cruzar su fuego con la bignonia blanca, que todo ande tan mal, y sin embargo, después se nota, sí, por lo pesado de la carga que cargan tantos otros y otras y una misma que entonces se levanta y piensa en lo que alcanza y lo que no y quién sabe mañana mientras mira las últimas estrellas tan remotas y a Venus en el centro coronada, su cabeza de amante, su brillo de exorcismo, mirando más allá de lo que veo y que nunca veré, mientras me apena lidiar con el insomnio que ahora canta a mi oído: serena está la noche.