Cuerpo. Carne. Dolor. Un triángulo melancólico que aísla a ese misterio llamado MUJER. ¿Cómo una mujer puede comunicar el sufrimiento de su más íntimo enigma, si el lenguaje heredado le es ajeno? Hay que pedirlo prestado. Miralda Marlén exige que la tierra, el agua y el aire acudan a ella con sus gargantas abiertas para que el pequeño fuego de su soledad sea escuchado. El estrépito decadente de la realidad no la ayuda porque ella solo encuentra parodias asfixiantes del infierno. ¿Enfermedad? Sí. ¿Amor? No. ¿Esperanza? ¿Puede llamarse así a una cigarra muda? En estos poemas, el desaliento adquiere otra densidad. Se vuelve un viaje hacia el fondo de la más callada oscuridad cuyo sabor es como el de la sangre y donde toda carne se vuelve jaula. ¿Cómo hay que entender todo esto? No es fácil. La entomología ofrece sus herramientas. Miralda Marlén pone el dolor. El lector pone su alma. La ecuación está hecha. (Eliseo Carranza Guerra)