Templos en erupción, el nuevo poemario de la artista Lucía Hinojosa Gaxiola (Ciudad de México, 1987), editado por el sello de poesía Juan Malasuerte, es una suerte de libro-lugar que nos ubica en un punto de encuentro entre el polvo de los planetas y el vuelo de los insectos. Pero también es un libro-presencia, que teje palabra con acontecimiento para hacer aparecer una sombra fantasmagórica que nos invita a ver el mundo desde otro ángulo, una meditación del flujo vital que mueve y observa la mutabilidad de la materia y la experiencia como un ritual que, sin la poesía como mecanismo o dispositivo, se escapa entre las manos:
Algunas meditaciones se acumulan en el proceso de la luz, en las esquinas de santuarios invisibles.
El día que conocí a Lucía, advertí la magia. Estábamos en medio de una casa en ruinas durante un encuentro de artistas de performance titulado Tlaxochimaco. Había un muro apenas iluminado por una máquina de proyección de acetatos sobre la que ella jugaba, mientras unas piedras colocadas previamente tocaban una guitarra eléctrica que se mezclaba con el sonido de sus poemas, bucles de palabras y sonidos que emitía con la ayuda de su respiración. En el muro recuerdo polvos finos que me hacían pensar en la materia de la que se forman los planetas, estrellas que iluminan la oscuridad del universo. De pronto, con un plumón escribió sobre el acetato, removiendo el polvo:
la palabra también es imagen
también es sonido