El regreso de Claudina Domingo a la poesía está hecho con madurez y celeridad. Este es su regreso también a la infancia, al Caribe, en una crónica de indias hecha de nostalgia y reclamo del pasado y el padre. Una Faetón que toma prestado el cubo de jade, la eternidad que le pertenece sólo a él; una Electra sumergida en una vacación perdida y congelada para siempre en la memoria. La poeta oscila entre el pasado y el presente, en ese instante del padre concentrado en verla crecer y ella sabiéndose mirada en el mientras.
Este libro está hecho de agua. Lo atraviesa todo: es un río, es el mar, es laguna, es lluvia, es llanto, es la humedad de todo lo que trepa en los muros, en la selva, en los flamboyanes. Estos poemas son la constancia de que el agua es materia y habla: al pie de las palmeras estaban las blancas mariposas como vaginas de yeso.
Faetón y Electra duermen en un sueño evidente de Freud. Todos mezclados en una escenografía de un hotel en temporada baja, como un pez moribundo. (Brenda Ríos)