Tan pronto se cifra en palabras, la memoria y sus imágenes se convierten en materia poética: se riega, se dobla, se reinventa. Basta con avivar la picadura de las hormigas, salvar las cartas del fuego y del polvo en los roperos para fincar el poema. Este libro amanece, llovizna, y crece como el pasto; como a una casa, a este libro de entra, se habita. Con los recuerdos en flor se desprenden los aromas de lo familiar, el fruto de lo íntimo, más allá de la cartografía del hogar, ese territorio inagotabe.